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¡Ay qué bonita es la vida sin hijos! Vives como quieres, vas adonde quieres, con quien quieres, no tienes horarios (fuera de los del trabajo), tú decides si deseas ser la soltera con el depa perfectamente decorado y arregladito, o si tienes una semana entera ese cerro de trastes sin lavar. Tú mandas, tú eres la jefa de tu casa (a menos que sigas viviendo con tus papás) pero esa es otra historia. De repente comienzan a preguntarte si quieres tener hijos, tú contestas tajante que NO, que la vida de mamá NO ES PARA TI. Yo lo dije infinidad de veces, me acuerdo y me río, me burlo de mí misma, me cuestiono ¿cómo pude llegar a pensar que iba a vivir mi vida sin experimentar lo que es ser mamá?…en fin, quizá también lo dijiste.

De repente, te ves ahí…con esa prueba de embarazo dando positivo, casada, soltera, con novio, dejada o como sea….pero ¡estás embarazada! Es momento de tragarte crudos todos tus “no, yo ni loca voy a tener hijos”, y ahí estás; viendo tu panza crecer como bola de discoteque de los 80´s, y aunque te untes 30 frascos de aceite milagroso de almendras, las estrías aparecerán, y se quedarán contigo para convertirse en “las imborrables huellas de haber dado vida”, tu barriga te recuerda a la cebra de Madagascar, y sufres. Haces todo lo posible para dar a luz de forma natural para evitar que te rajen a la mitad, pero en ocasiones (como me pasó a mí), por más que intentas que sea parto natural, tienes que cargar con la frustración de que tu bebé nunca se enteró que ya tenía que nacer, y hay que desalojarlo a la fuerza, por lo tanto….¡amachínese mija porque le van a cortar 5 capas de piel pa´ sacarle al chiquillo!.. Si bien es más doloroso el parto natural, yo lo habría preferido, porque la recuperación de una cesárea es lenta y duele cada vez que respiras, aunado a otra “linda y coqueta huellita de que diste vida”.

Y ahí estás, siendo una mamá, pensando en qué momento cambiaste de opinión, viendo cómo un bultito de 3 kilos te succiona todo el amor que tenías escondido sepa donde, ahí estás; con ojeras de mapache, olor a leche agria y sexys pezones agrietados, cabeceándote cuando la gente te pregunta ¿qué tal te va cómo mami?. No entiendes qué versión de tí es ésta, no la conoces, ni en tus sueños más remotos la imaginaste, y hoy sabes que esas mamás perfectamente maquilladas y peinadas sólo son de comercial de tv, hoy sabes que el decir -¿hijos?, no gracias; no es una decisión que te toca determinar por completo a ti, como si fueran unas garnachas de Rinconada que te vas a comer. Va más allá de eso, tú decías “no” pero aquel, El jefe de jefes, dijo “Sí”, y ese SI, querida mamá primeriza; fué lo mejor que te pudo pasar.

Por Pamela de la Cruz

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